Creo que, como han hecho otros bloggers, debo fijar primero una posición: sí me agrada RMP como periodista, la considero una de las mejores entrevistadoras que tenemos, y considero que su ausencia en la televisión deja un vacío bastante notorio. Por otro lado, no comulgo con todos sus pensamientos y reconozco en ella -como en muchas personas- que no domina todas las materias de las que habla. La tecnología y el futbol, por ejemplo, son dos campos en los que no muestra la misma habilidad que en el derecho.
Dicho esto, vayamos al grano.
La no continuación del contrato que RMP tenía con la empresa en la que trabajaba es, evidentemente, un acto que no tiene nada que ver con los beneficios que su programa le significaba al canal -RMP dijo en Capital que su programa facturaba 4 millones de dólares en publicidad y tenía un costo de 400 mil dólares-, ni con alguna infracción que ella pudo haber realizado al código de conducta que manejaban internamente.
RMP salió del canal por motivos que tienen que ver más con la voluntad de los directores de su empresa, motivos evidentemente personales, no objetivos o empresariales. Y eso implica, como sostuvo El Morsa, que nos encontramos ante un ejemplo más que nos hace recordar la precariedad del trabajo como periodista, especialmente cuando se trabaja en un programa de caracter político.
Y es que el periodismo político es una tarea muy difícil.
Un periodista debe escribir -o emitir su programa de radio o televisión- para su público, debe mostrarles las verdades buenas y malas de la noticia, y esto, en teoría, va formando poco a poco la credibilidad del periodista. Sin embargo, escribir sobre los políticos y sus actos no es igual que escribir sobre un tornado. El tornado es un evento 'objetivo' de la naturaleza. Nadie es fan o seguidor de un tornado, y con seguridad un periodista no esperaría una lluvia de críticas por hablar sobre el tornado. Eso no ocurre si hablas de un político.
Un político, o un partido político, tiene un conjunto de seguidores que tienden a creer más en su líder que en el periodista que lo critica. Y por ello el periodista político no se enfrenta a un público ávido de información sino a personas que evaluarán la veracidad de la noticia en base a sus creencias políticas. La información ya no es entonces 'objetiva' sino que es pasada por el tamiz de la política.
El resultado es que la información será creíble para un sector del público y falsa o tendenciosa para otro sector de la población.
Las pasadas elecciones mostraron que las críticas de RMP al 'plan' de Ollanta Humala eran suficientes para que algunas personas la consideraran fujimorista. Y que las críticas a la candidatura de Keiko Fujimori como un proyecto totalitario eran la prueba de que era una 'humalienta'.
Es algo así como que 'si estas conmigo tienes que estar en contra del otro'. Esa no es la 'chamba' del periodista.
Por su puesto, tampoco se puede pedir que un periodista sea completamente 'objetivo'. Esa es una aspiración pero es inevitable que las preferencias del periodista se dejen ver de alguna manera. Creo que el 'truco' es no dejarse llevar por ellas. Si no te agrada un candidato ello ni implica que le retires la oportunidad de explicar su posición, y si te agrada ello no debe traducirse en una entrevista 'echada', de preguntas fáciles que más tienen el aspecto de propaganda.
Es dificil ser periodista político y por eso respeto a los que con mayor efectividad han logrado hacer su trabajo en este campo; a pesar de que no siempre concuerdo con sus punto de vista.
ACTUALIZACIÓN: Guillermo Giacosa ha escrito una nota destacable sobre el tema que pueden leer aquí.
Durante estos días de política mucho se ha cuestionado el papel de los periodistas. Es raro, porque se supone que en tiempos electorales son los candidatos los que deben aparecer como el centro de la atención pública, pero en ocasiones éstos deben ceder ese lugar a aquellos que se encuentran del otro lado del micrófono.
¿Existe la neutralidad entre los periodistas? Ese es quizás el meollo del asunto. Los seguidores de uno y otro bando político consideran que los periodistas toman partido por un candidato o candidata y que esa acción explica la manera en que informan a la población. Se supone que un periodista debe ser neutral, pero probablemente esa es una meta demasiado dificil de ser alcanzada, y aún más si se toma en cuenta que la 'neutralidad' no solo depende del emisor del mensaje (del periodista) sino del que recibe la noticia (del público). Lo que puede parecer neutral para unos puede ser considerado sesgado para otros.
¿Qué posición tomar?
Recordé entonces un par de libros de Pedro Salinas en la que se hace un conjunto de buenas preguntas sobre la profesión a un grupo de periodistas destacados. Entre esas preguntas tomo dos que parecen pertinentes en este momento: 1. "¿Existe la neutralidad en el periodismo?" y 2. "Haces concesiones a la línea editorial de la empresa que te contrata?".
Las respuestas fueron tomadas del libro "Rajes del Oficio I", un libro que los periodistas deben leer, a mi criterio. Existe además el segundo volumen de este mismo libro con estas y otras preguntas interesantes a otro grupo de periodistas.
Álvaro Vargas Llosa
1. No. Eso es un cuentazo. Ni la objetividad tampoco. La verdad está en la pluralidad. La manera de compensar el hecho de que no exista un periodismo objetivo es que haya un periodismo plural. La verdad está en algún punto de ese periodismo.
2. Gran pregunta. Si te digo que creo que hay que ser auténtico y enfrentar a la línea de tu jefe, si tienes que hacerlo, no te estoy diciendo algo que no he hecho yo mismo. Entiendo que es injusto a veces exigirle a otra gente que depende de su trabajo para comer, por eso hay que tener cuidado con ese tipo de respuestas. Pero en última instancia, yo soy ese tipo de periodista, de los que prefieren optar por la autenticidad.
Beto Ortiz
1. No.
2. Detesto la pose de paladín, pero el caso Almeyda-Villanueva no lo pude dar a conocer en canal 2. Ese caso lo conocí cuando yo todavía estaba en ese canal y cuando las relaciones entre Ivcher y Toledo eran estupendas. Seguramente si lo daba a conocer después, cuando se pelean, no me hubieran sacado. Pero esas cosas nos han pasado a todos, y quedan simplemente como cicatrices de guerra.
Raúl Vargas
1. No.
2. Bueno, yo he tenido momentos muy difíciles en ese terreno. Alguna vez me fui del periódico en el que trabajaba. Pero nunca he trabajado en un sitio donde sienta que me están obligando a escribrir tal o cual cosa. Porque vengo además de la escuela del primer Expreso con José Antonio Encinas.
Rosa María Palacios
1. La objetividad es una aspiración.
2. Yo he tenido la suerte de trabajar con empresas que tienen trazada su línea editorial por escrito. Entonces, si a mí me das un documento que dice: "La línea editorial de esta empresa es defender los derechos humanos, o la democracia, o la libertad de expresión", yo no tengo ningún problema porque estoy de acuerdo. A lo que no le puedo hacer ninguna concesión es a una llamada del dueño que te dice: "Oye, quiero que entrevistes a mi amigo Fulano". Eso, gracias a Dios, nunca me ha pasado, porque me conocen muy bien. Eso ya no es línea editorial. Eso es hacerle el favor al dueño.
Aldo Mariátegui
1. Absoluta, no.
2. No. Y la verdad es que con los Agois, bastante bien. No se meten para nada.
Jaime Bayly
1. No, no. Eso es un cuento chino. Nadie puede ser neutral. ¿Ante un genocidio alguien puede ser neutral? ¿Ante un abuso se puede ser neutral? Si el periodista tiene que ser neutral siempre, entonces es un pelotudo, es un robot. Ahora, creo que uno debe opinar y tomar partido, y agitar el debate, pero al mismo tiempo procurar ser justo. Es decir, dar tribuna a los que no piensan como uno.
2. No.
Mirko Lauer
1. No se le hizo la pregunta.
2. No. Me importa un pito
Federico Salazar
1. En el periodismo informativo creo que sí existe el tratamiento aséptico, que no pone juicios de valor, que no escribe "el fachista Humala hizo tal cosa", porque ahí se está calificando y no se está informando. Para calificar está la columna de opinión o la sección editorial del periodico. Lo aséptico implica no meter las manos del juicio valorativo dentro del texto.
2. En un sentido, si. Por ejemplo, si el medio está tras un tema ya publicado y a mi me parece interesante, yo lo tomo y cito de mi medio la información, en lugar de citarla de otro medio. Me parece que es una forma de colaborar con el equipo que me está dando cabida. Ésa es una concesión legítima, no en el sentido de decir algo que el medio piense.
Fernando Vivas
1. Como ideal a alcanzar.
2. Procuro no hacerlo. Y si alguna vez he tenido que hacerlo, me la cobro luego con independencia.
César Hildebrandt
1. Ni en los conventos.
2. No se le hizo la pregunta.
Muchos CEOs, sobre todo Rupert Murdoch, consideran que la salida a la gran incógnita que gira en torno a la monetización en lo que a los servicios en la red se refiere son los contenidos de pago.
Ahora la gente de Nielsen hizo una encuesta en 52 diferentes países y a más de 27 mil personas que revela cuántas de ellas pagarían por diferentes contenidos en la red (películas, música, videojuegos, periódicos, blogs y más).
Si bien considero que hay muchas personas que pagarían por contenidos realmente frescos, innovadores, exclusivos o que simplemente no podrían encontrar en otros lados, nos soy de las personas que piensen que en los contenidos de pago este la salida porque simplemente creo que ese modelo es exactamente el que existe en el MundoReal y la red, al menos como la conocemos, no se parece en absolutamente nada a este mundo. La red es sinónimo de libertad y la información en ella circula con una rapidez inmedible.
Si bien los resultados en algunos casos son realmente positivos, la realidad es que lo que dije anteriormente se puede ver reflejado. Nielsen reveló que casi 8 de 10 personas (79%) dejaría de utilizar un sitio que les cobrara presumiendo que podría encontrar esa misma información sin tener que pagar por ella. Lo que digo, probablemente la clave esté en las exclusivas, aunque dejarían de ser exclusivas en cuestión de minutos.
¿Pagarías por contenidos?
Lastima. Los blogs se encuentran el final.
Desde su aparición, una de las grandes virtudes de los blogs fue la posibilidad de entablar un diálogo con los autores. Los comentarios tienden un puente entre lector y escritor, de modo que sea posible un intercambio de ideas crítico y constructivo. El flujo de información se convirtió en una autopista de dos vías, derribando la cuarta pared, y permitiendo la libre opinión sobre los temas. Los comentarios permiten una retroalimentación que, aunque diácronica, constituye la apertura de un foro abierto, una nueva ágora pública en la que se fomenta la discusión. Al menos, en la teoría.
En la práctica, los comentarios de un blog nos permiten observar, cuando menos, un par de fenómenos curiosos. En primer lugar, se han convertido no sólo en un espacio de intercambio, sino de catarsis. Basta un vistazo para percatarse de la enorme cantidad de comentarios cuya mera función es el desahogo del lector. Sea una noticia indignante, una postura encontrada, o un tema que toque las fibras sensibles, los blogs se convierten en lugares de alivio inmediato. Comentar es una forma de deshacerse de la negatividad, de poner el reclamo en un sitio visible. De algún modo, este carácter público refuerza la práctica. El deshogo trasciende lo privado – como sería si lo escribiéramos en una mera hoja de papel – para insertarse en una esfera pública. Por alguna razón, el lector quiere -¿o necesita?- ser que su frustración sea escuchada.
Al segundo fenómeno lo denomino el reto del lector. En mi experiencia como editor – y como lector también – he encontrado que ciertos comentaristas hallan un extraño placer en superar a quien escribe. El comentario, en estos casos, se convierte en un desafío al escritor, a sus ideas, a su estatus. A pesar del caracter democrático de los blogs, el autor representa, dentro de este ciberecosistema, la voz hegemónica. Por tanto, resulta reconfortante demostrar que el lector es igual o más capaz que quien escribe. De ese modo, el autor es cuestionado de forma constante. El problema es que esta discusión -siempre deseable- a veces deviene en provocación, en una confrontación que pasa del nivel de las ideas al ataque ad hominem. Así, la línea entre el comentarista puntilloso y el troll de blog es muy, muy delgada.
Los blogs viven de, por, y para sus lectores. Los comentarios son, en numerosas ocasiones, igual o más interesantes que las entradas del autor.Representan una tierra fértil para cualquier ejercicio etnólogico, ya que mientras que las entradas nos muestran una opinión, los comentarios nos permiten un acercamiento a la percepción de la realidad de la sociedad de la información. Sírvase esta reflexión, pues, para desatar la discusión, el desahogo o el duelo. Ustedes, ¿por qué y para qué comentan?
Haciendo un recuento de las veces que he asistido a seminarios, ponencias y presentaciones, puedo decir que son un medio muy efectivo y rápido de acceder a información valiosa y novedades y puntos de vista que me han ayudado mucho en mi trabajo y vida.
Lamentablemente, ese no es el caso siempre de todas las reuniones a las que uno asiste. Y en ocasiones ello se debe a las personas que son invitadas como ‘ponentes’ de estos encuentros, algunos de los cuales parecen no tomar en cuenta al público que ha asistido para verlos.En una de las reuniones a las que asistí, con ponentes provenientes de empresas de ‘clase mundial’, quedé sorprendido al ver que la exposición comenzó con un asiento vacío en el panel de comentaristas. “Ya llegará”, pensé yo. Y efectivamente, el panelista faltante llegó, pero cuando la ponencia ya tenía más de la mitad del tiempo de iniciada.
El expositor principal –que de hecho tuvo una presentación sobresaliente– concluyó con su parte y fue el turno de los panelistas. Al llegar el turno del que llegó tarde supuse que se disculparía con el público por su tardanza, pero no, comenzó de lo más fresco a comentar lo poco que escuchó de la ponencia y concluyó con un cherri señalando que “mi empresa tiene estos productos…” ‘¿Y eso que tiene que ver con la ponencia?’, me pregunté.En otra ocasión, uno de los miembros del panel, debido al organismo del que venía y al cargo que ostentaba, no tenía mucho que decir sobre el tema que se estaba tratando en la reunión. Prácticamente, sólo se limitó a señalar que la exposición fue muy buena e interesante y luego mencionó los productos que ofrecía su organización y los logros que tuvo con ellos. Nuevamente, me pregunté ‘¿y eso que tiene que ver con la ponencia?’.En este último caso hubo una atenuante: el panelista no era uno de los invitados originales por lo que uno puede suponer que aceptó la invitación con poco tiempo. Pero igual, me parece que mejor la organización se hubiese disculpado por no poder asistir.Creo que si uno es invitado a un evento como ponente o panelista debería hacerse a sí mismo algunas preguntas. La más importante de ellas es ‘¿conozco el tema como para ofrecer algo valioso al público?’, no es cuestión sólo de ir por aceptar la invitación, menos aún si uno asiste como representante de una organización, y no a título personal.‘¿Tendré tiempo?’, para no ocasionarles problemas a los organizadores con reemplazos de último minuto.‘¿Tendré tiempo para preparar una buena ponencia?’, ya que no solo se trata de presentarse y decir lo primero que a uno se le venga a la mente.Por su puesto, hay hechos que uno no puede controlar. Nadie está libre de una emergencia de último minuto, y quizás no nos estemos dando cuenta que nuestras capacidades en público no estén del todo desarrolladas, a pesar de que uno sea un profesional competente.No es por desanimar, pero si uno ve al público y detecta caras aburridas o personas a las que el sueño les venció –tuve uno así en más de una ocasión– es muy probable que la presentación no esté siendo acogida con mucho entusiasmo, por decir lo menos… zzz…